De los tres componentes de la RSC, el económico, el medioambiental y el social, es este último el que con mayor fuerza toma carta de naturaleza tanto en la planificación de las políticas de responsabilidad empresarial como en la fase de implementación y puesta en marcha de las medidas y acciones que significan la concreción y aplicación directa de dichas políticas. Las decisiones voluntarias de mejora, más allá de lo que los estándares de las normas y de las obligaciones de cumplimiento de las leyes, resultan la forma más clara de devolver a la sociedad lo que la sociedad entrega a las empresas.

Son además las medidas mejor recibidas, las más simpáticas, con impacto directo en la percepción de la imagen de nuestras empresas y en consecuencia consiguen una revisión casi inmediata de la credibilidad, la confianza en las marcas y por lo tanto en su reputación.

Que las audiencias, los temidos stakeholders consideren tu compañía como socialmente responsable es una suerte de posicionamiento que todos en mayor o menor medida deseamos. Y es un posicionamiento que ha dejado de ser adorno o aditivo para considerarse una condición sine qua non. Los públicos, desde nuestros colaboradores hasta nuestros proveedores, pasando por los clientes ya fieles y aquellos que son potenciales, han ganado poder en tanto en cuanto internet ha derribado barreras de comunicación, y armados de juicios, opiniones, preferencias, formación e información, se convierten en verdaderos jueces y prescriptores…y la verdad sea dicha, lo formal, lo correcto, lo emotivo, lo integrador, lo justo, vende, vence y convence mucho y cada vez más.

Las políticas de integración de la diversidad, racial, cultural…, el respeto y la facilitación de la entrada a las minorías tantas veces olvidadas, las medidas de conciliación, el cuidado y la formación del talento en las empresas…Son ya una realidad en empresas en las que las estructuras matriciales han dado al traste con las férreas jerarquías, dónde se da la necesaria atención a la comunicación interna con nuestros principales valedores, nuestros equipos, los profesionales que integran las plantillas de nuestras empresas, donde se descubre la ventaja deconceptos como la co-creación y el mentorizaje, o ese otro llamado salario emocional que las nuevas generaciones de profesionales valoran tanto más que el puramente económico…en definitiva se trata de dar entrada en la gestión empresarial,  a la escucha y participación de aquellos que han de estar implicados y comprometidos en la buena marcha de nuestra empresa.

Todo ello sumado, todo ello acumula un ingente activo, un activo quizás intangible pero que garantiza sin duda la supervivencia de las compañías en un momento dónde la incertidumbre es ley, la gestión del cambio ya habita en el ADN y los derechos sociales han dejado de ser la preocupación en la agenda solo de las asociaciones de trabajadores y sindicatos porque comportarse irresponsablemente en lo que a derechos humanos se refiere puede resultar costoso.